Amantes. II.
Ella le invitó a una raya de coca, él a una pensión. El lugar no era de los mejor, pero tenía un gran espejo en el techo, muy a propósito para la ocasión. Aún seguía él con su mujer rondándole la cabeza pero no conseguía deshacerse de aquellos labios tiernos y carnosos que de continuo le pedían los suyos.
La cogió por la nuca mientras con la otra mano le agarraba la cintura, un modo clásico de empezar un buen polvo. Se besaron como sólo dos extraños lo pueden hacer, buscando la postura idónea, los labios en posición perfecta, las lenguas entrelazadas.